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Contra el urbanismo de la desigualdad: propuestas para el futuro de nuestras ciudades

Vivir en Santiago “sin problemas” cuesta $1.700.000 para una familia de cuatro personas. Parte de la culpa la tiene el alza de la vivienda,  que empuja a muchas familias a irse a comunas “con menores atributos urbanos”. Para avanzar hacia una sociedad menos desigual, proponen que se reconozca “el derecho a la ciudad”, lo que implica que el lucro debe dejar de ser el principal ordenador de la ciudad y la principal preocupación del urbanismo

Chile experimenta un estallido social que se origina en una razón tan hogareña como compleja: la plata no alcanza. La indignación ciudadana se dirige contra la neoliberalización experimental de la sociedad, que es el resultado de haber convertido al país en un mercado abierto, sin diseñar ni implementar políticas sociales de bienestar mínimo; y sin leyes laborales que protejan a los trabajadores contra las fallas del mercado.

Tanto para ilustrar la situación en la que estamos como para avanzar en propuestas de solución es conveniente partir por una pregunta que hizo en un programa de televisión la líder comunitaria Soledad Mella, cuando apenas habían pasado 10 días del estallido de octubre:

“¿Yo creo que ustedes se deben preguntar cómo lo hacemos para sobrevivir con trescientas lucas?”

La pregunta, directo al mentón de quienes celebraron cuando el sueldo mínimo apenas sobrepasó los $300.000, sitúa bien el contexto del estallido social y orienta nuestra aproximación desde el urbanismo.

Tomando los datos de la Encuesta de Presupuestos Familiares VIII del INE, actualizando sus valores para el año 2019 por reajuste del IPC y agregando a estos gastos el valor promedio del arriendo de una vivienda en el Gran Santiago, estimamos cuánto vale realmente vivir en la capital sin problemas: $1.727.877. (Cuadro 1). Los $300.000 de la pregunta de Soledad Mella sólo cubren 1/6 de lo necesario.

DIMENSIONES URBANAS DE LA DESIGUALDAD

Quizás la representación más impactante de la desigualdad en Chile es el Gran Santiago, donde se puede encontrar un barrio como El Golf -seguro, con amplias veredas y arboles bien mantenidos en un sector de alta conectividad y con excelente disponibilidad de bienes y servicios- y Bajos de Mena, donde el espacio público no ha sido planificado, sino que es un excedente de un proceso de urbanización apresurado y sin diseño urbano.

Este es el urbanismo de la desigualdad. Es un problema histórico, pero su exacerbación es resultado de un modo de hacer ciudad impuesto en dictadura, que llevó al Estado a dejar de coordinar el desarrollo urbano y entregó esa responsabilidad de forma exclusiva a la empresa privada. Como era de esperar, las empresas re-direccionaron los objetivos del urbanismo, dejando de lado la búsqueda del bien común para lanzarse a la búsqueda del lucro propio.

En 1982, Santiago pasó de tener 15 comunas a 32. Con los años, estas tendieron a caracterizarse según nivel socioeconómico, marcadas en gran parte por acción directa del Estado, que continuó desplazando pobladores hacia el sur hasta 1989.

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